Reflexiones sobre el sexo

En la cultura occidental el sexo se toma demasiado en serio. No se tacha a una persona de inmoral, no se le envía a prisión, ni se le expulsa de su familia, porque le guste la cocina con muchas especias. Pero un individuo quizá tenga que sufrir todo esto y más porque le guste el cuero de un zapato. En última instancia, ¿qué posible importancia social puede tener que a una persona le guste masturbarse con un zapato?, quizá no sea, incluso, consensuado, pero ya que no le pedimos permiso a nuestros zapatos para llevarlos puestos, difícilmente puede parecer necesario pedírselo para acabar encima de ellos.

Gayle Rubin

Gayle Rubin es una antropóloga norteamericana dedicada al sexo y a las políticas de género. En su ensayo de 1989 Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad, Rubin habla de la necesidad de pensar sobre el sexo, los valores sexuales y la conducta erótica, temas a los que, dice, debe darse especial interés en momentos de tensión social, ya que poseen una política interna y formas de opresión propias.

Rubin hace un recorrido histórico sobre la evolución y represión de la sexualidad, que culmina sosteniendo que

“la idea de que el sexo per se es perjudicial para los jóvenes ha quedado inserta en estructuras sociales y legales que tienen por objeto aislar a los menores del conocimiento y la experiencia sexuales’’

La sexualidad está reprimida y condicionada según el ‘esencialismo sexual’, que es la noción que entiende al sexo como anterior a la vida social, como algo estátido y dogmático con poca capacidad de cambio. Pero el sexo no es una cualidad biológica preexistente de los hombres, sino que se constituye en las prácticas sociales históricamente determinadas. 

Pero no. Al sexo siempre se lo categorizó en términos de bien y mal, de sexo moral y promiscuidad. En el gráfico se puede ver una de esas divisiones:

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El sexo es tan social como las dietas para adelgazar, los medios de transporte o las formas de trabajo. En torno a la sexualidad hay muchos mitos y paradigmas que etiquetan las prácticas y vínculos sexuales según su cercanía con la perversión absoluta. Rubin nombra algunos:

Las ideas de la tradición cristiana entienden al sexo como pecaminoso, salvo por el sexo puertas adentro del matrimonio heterosexual y con fines estrictamente reproductivos. De los mismos productores llegan las ideas de la jerarquización sexual que ubica en la cima de la pirámide de la aceptación sexual a los hombres heterosexuales casados, seguidos por los heterosexuales monógamos, etcétera, hasta el inferior. Hasta la casta más baja de la tolerancia, los marginados sexuales: polígamos, transexuales, fetichistas, sadomasiquistas, trabajadores del sexo y quienes transgreden barreras generacionales.

Quienes están en la cima pueden darse el lujo de ser respetados, reconocidos socialmente y legales, mientras que quienes ocupan los lugares inferiores suelen ser juzgados, maltratados, considerados enfermos mentales y hasta recibir castigos legales o económicos. La misma categorización se hace con los actos sexuales. Algunos están ‘bien’ y otros son fruto de la cercanía a Satanás. Está ‘bien’ acabarle la cara a alguien, pero está ‘mal’ hacerle pis en la pierna… y otras cosas por el estilo.

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Mi preferida es la teoría del dominó del peligro sexual: “Se piensa que la pornografía conduce a la pornografía sadomasoquista. Y, a su vez, se supone que ésta lleva a la violación’’, dice Rubin. Como el nombre lo indica, esta corriente de pensamiento contempla el potencial peligro de aceptar conductas sexuales alternativas y ve a las manifestaciones sexuales no convencionales como peligrosas y entiende que la asimilación de unas culminará en el caos sexual.

“A la mayor parte de la gente le resulta difícil comprender que cualquier cosa que a ellos pueda gustarles hacer sexualmente puede serle totalmente repulsiva a otra persona, y que lo que pueda repelerles será quizá el placer más apreciado de otra. A nadie tiene por qué gustarle, ni nadie está obligado a hacer un acto sexual concreto para poder reconocer la libertad de otra persona para realizarlo, y que esta diferencia no indica ninguna ausencia de buen gusto, ni de salud mental, ni de inteligencia en ninguna de las partes. La mayor parte de la gente toma equivocadamente a sus experiencias sexuales por un sistema universal que debe o debería funcionar para todos’’
(Rubin, 1989, p.23)

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El problema de estos paradigmas teóricos es que se manifiestan en conductas sociales y estatales. El Estado rige las conductas sexuales en formas que no son normales en otros ámbitos de la vida privada. Un ejemplo de esto es la prohibición de las relaciones entre sexo y dinero, regulaciones que no se hacen en otras áreas de comercio. Se da una negación cultural frente a lo que se considera nocivo

Hay una tendencia social y política a confundir vicio con crimen. Qué peligro. Son dos condiciones diferentes que se mezclan en ámbitos como la legislación sobre la sexualidad, las drogas y el cuerpo, entre otros. El Estado pasa a ocupar un rol paternalista, en el que vela por la supuesta integridad de los habitantes y censura el acceso a los conocimientos de los más pequeños.

La ideología imperante y los medios masivos de comunicación difunden la imagen de que la sexualidad de grupos marginados es peligrosa y habitada por psicópatas y delincuentes. La lucha de esos grupos por cambiar la concepción hegemónica chocan con la censura y el prejuicio.

La sexualidad es política y está organizada por sistemas de poder que valoran a unxs y condenan a otrxs. El sexo sigue negándose en la mayoría de los aspectos sociales. 

“Una teoría radical del sexo debe identificar, describir, explicar y denunciar la injusticia erótica y la opresión sexual. Necesita, por tanto, instrumentos conceptuales que puedan mostrarnos el objeto a estudiar. Debe construir descripciones ricas sobre la sexualidad, tal y como ésta existe en la sociedad y en la historia, y requiere un lenguaje crítico convincente que transmita la crueldad de la persecución sexual’’
(Rubin, 1989, p. 13)

Más allá de que hoy el panorama haya evolucionado, la sexualidad continúa formando parte de la rama de tabúes sociales. Internet es una herramienta que disipa los prejuicios sobre los temas más controversiales y la sexualidad no es la excepción. La era actual de las comunicaciones dinámicas, las redes sociales y la circulación constante de contenidos generados por lxs usuarixs pueden ser entendidos como parte de una época de tensión social, situación en que la sexualidad debe ser especialmente tratada.

Mientras tanto, podemos reírnos con esto y soñar con un mundo donde el sexo no es tabú: