¿Qué vemos cuando vemos porno?

Carlos Eduardo Figori escribió Placeres a la carta: consumo de pornografía y constitución de géneros’, un ensayo para La Revista de Estudios de Género La Ventana en 2008. El autor habla de la pornografía entendida como objeto educativo y formador de costumbresFigori descarta las teorías clásicas de la sexualidad y sostiene la propia: hay tantas sexualidades como individuos.

El dominio machista de la pornografía está relacionado con la idea de una sexualidad que debe resolver la tensión sexual con una resolución masculina. La eyaculación del hombre es el centro de la industria y como consumación última del acto sexual. ¿Ella no acabó? ¡No importa!

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El placer sexual puede darse por estímulos internos (como recuerdos y fantasías), o por estímulos externos que activen los internos. La pornografía es parte de los estímulos externos y su función es estimular las fantasías y recuerdos sexuales y crear reacciones físicas y emocionales en los consumidores.

“La secularización pos-revolucionaria y la caída del pensamiento dogmático religioso ya hacía vislumbrar, aun antes de Nietzche, que un Dios ya no habitaba en Occidente y que por ende ya no había moral ni reglas, sino un hombre sin límites’’

(Figori, 2008, p. 177)

Los límites tradicionalmente impuestos por la Iglesia pasaron a ser marcados por la medicina y la psiquiatría. Las ideas de que la sexualidad definía a los individuos llevó a calificar muchas de sus manifestaciones de patológicas o delictivas. 

Los hombres son los principales consumidores de pornografía porque la mujer fue considerada hasta hace poco y nada como asexuada y ajena al placer sexual. El hecho de que las mujeres tengan menos parejas sexuales o consuman menos pornografía se debe únicamente a una cuestión cultural.

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La pornografía convencional reproduce estereotipos de género y estéticos que resultan en un canon pornográfico que los habitantes reproducen constantemente en sus acciones cotidianas. Parte del canon se conforma con las tomas de filmación, que juegan entre el plano general y primerísimos planos de la penetración y eyaculación. Frente a esa representación de lo sexual surgen nuevas formas de pornografía que satisfacen los deseos sexuales de grupos minoritarios y marginados.

La pornografía es necesariamente educativa y formadora de modos de reproducción occidentales y machistas. Y la pornografía tradicional debe ser vista con ojo crítico, sobre las bases de que la sexualidad es propia de cada ser.

La pornografía gay avanzó mucho en la creación de contenidos propios, aunque los cánones de la filmografía gay son casi idénticos a la heterosexual y reproducen estéticas machistas y raciales muy similares. La pornografía feminista, en cambio, hace especial hincapié en alejarse de las producciones tradicionales que cosifican a quien está frente a la cámara, logró desplazarse del falocentrismo y de las huellas de dominación masculina y generar películas con argumentos que excedieran el intercambio sexual.

También la pornografía lesbiana pudo hacerse valer, retratando una sexualidad lésbica ajena a la fantasía lesbiana masculina. Hasta hace muy poco, las lesbianas representadas en la pornografía sólo actuaban para satisfacer a una tercera persona: el observador heterosexual, el público preferido de las mujeres que sin un pene no saben qué hacer.

La fuerza porno femenina tiene como una de sus principales referentes a Annie Sprinkle, primera en acuñar el término posporno. El posporno es relacionado por Figori con lo que Foucault denominó la `desexualización del placer´ por ser un “subgénero que desafía el sistema de producción de género y que desterritorializa el cuerpo sexuado’’ (Sáez, 2003). Figori presenta el posporno como una primera redefición de lo pornográfico.

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La pornografía es la mayor industria cultural, con más de 10 mil millones de dólares en producción, y es el sector más activo en Internet. De eso se desprende que la mayoría de los hombres aprendan sobre la sexualidad a través de la pornografía. Esto deviene en una obligatoria revisión desde la educación sexual de los contenidos que se manifiestan en la pornografía tradicional. El hecho de que la pornografía sea un producto propio de la cultura patriarcal constituye la necesidad y oportunidad de subvertir sus términos.