Foucault: poder, saber y placer

El punto esencial no es saber si al sexo se le dice sí o no, si se castigan o no las palabras que lo designan, sino determinar en qué formas, a través de qué canales, deslizándose a lo largo de qué discursos llega el poder hasta las conductas más tenues y más individuales, qué caminos le permiten alcanzar las formas infrecuentes o apenas perceptibles del deseo, cómo infiltra y controla el placer cotidiano.

Michel Foucault

Michel Foucault nació en Francia en 1926. Se convirtió en filósofo y psicólogo y es uno de los teóricos más influyentes del siglo XX. Fue director de carrera en diferentes universidades francesas, hasta que en el ’71 fue designado como profesor de Historia de los Sistemas de Pensamiento en la universidad Collège de France, donde ejerció hasta su muerte, en 1984. Sus estudios se enfocaron en los mecanismos de control social e iban de la mano de su militancia política e ideológica.

El enfoque de su trabajo estuvo en los grupos marginados como los presos, lxs locxs, las minorías sexuales o lxs inmigrantes. Él mismo formaba parte de una: era gay en una época en la que la batalla homosexual no había dado los frutos que se reconocen hoy. Su muerte impidió que terminara de escribir los siete tomos que tenía pensado sobre la historia de la sexualidad. Llegó a escribir tres, obras impresionantes de un pensador que siempre fue más rápido que la sociedad que lo acogía.

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La obra de Foucault gira alrededor de las nociones de poder. El autor entiende que el poder es algo que se cristaliza en todos los ámbitos e instituciones sociales, antecedente que se encuentra en la obra de Nietzsche, y que se traduce en discursos sociales que son repetidos y absorbidos de forma natural en la Modernidad.

Esos discursos sirven para forjar la noción de un ‘ciudadano ideal’ que en términos del capitalismo imperante implica la dedicación entera a la producción rentable. Esa formulación de una supuesta normalidad en pos de un sistema de producción capitalista es fuertemente criticada por el autor, quien sostiene que esa obligatoriedad tácita es la que logra invisibilizar los gustos y necesidades de los sectores marginados y, muchas veces, ajenos a los modos capitalistas.

Michel Foucault hace referencia en el primer tomo de su libro de Historia de la sexualidad a la construcción de sentido en relación con lo sexual. Sostiene que la burguesía victoriana del SXVII fue la encargada de reprimir y silenciar la sexualidad, que pasó a ser confiscada por la vida conyugal y la función reproductora. “En torno al sexo, silencio”. Frente al decreto de prohibición, inexistencia y mutismo de la sexualidad, Foucault propone a los manicomios y burdeles como únicos lugares tolerantes a la libertad sexual.

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Es a partir de la edad clásica que la represión ha sido el modo central de la relación entre poder, saber y sexualidad. Para revertir esa situación de represión sexual

“haría falta nada menos que una transgresión de las leyes, una anulación de las prohibiciones, una irrupción de la palabra, una restitución del placer a lo real y toda una nueva economía en los mecanismos del poder; pues el menor fragmento de verdad está sujeto a condición política. (…) La empresa de hablar libremente del sexo y de aceptarlo en su realidad es tan ajena al hilo de una historia ya milenaria, es además tan hostil a los mecanismos intrínsecos del poder, que no puede sino atascarse mucho tiempo antes de tener éxito en su tarea’’

(Foucault, 1976).

Foucault presenta al SXVII como el comienzo de la edad de la represión sexual, no solo en el nivel físico y práctico, sino también en en el campo del lenguaje. “Mutismos que imponen el silencio a fuerza de callarse. Censura´´. Esa censura sexual era funcional a los modos de producción: era necesario reducir al mínimo (cuarto matrimonial) los momentos de esparcimiento sexual. El autor entiende que se trata de un sistema con la necesidad de encajonar las actitudes y personalidades que deben ser despreciadas socialmente para que no interfieran en el auge capitalista. La represión formaría parte, entonces, del orden burgués.

Foucault plantea que para que sea posible una redefinición de la sexualidad alejada de sus concepciones negativas es necesario realizar un cambio discursivo. Se debe entender al sexo no como algo que deba ser tolerado o tratado lo menos posible, sino como una de las tantas actividades humanas. Debe ser administrado y dirigido, puesto en duda y criticado para vencer las barreras impuestas en la Modernidad. La represión requiere un mecanismo de control que Foucault encuentra en lo que denomina ‘policía del sexo’: “no el rigor de una prohibición, sino la necesidad de reglamentar el sexo mediante discursos útiles y públicos’’ (Foucault, 1976).

Expulsión del Paraiso (1871)

La importancia que Foucault le otorga al discurso en torno al sexo se debe a que entiende que esa fue la herramienta primera de la represión. El hecho de que las personas, principalmente en las confesiones religiosas, debieran extrapolar y poner en palabras sus pecados sexuales llevó a que se consolidara un discurso del deseo condicionado en pos de la represión. Es por eso mismo que plantea una revolución de sentido que comience en un cambio de discurso.

“¿Censura respecto al sexo? Más bien se ha construido un artefacto para producir discursos sobre el sexo, siempre más discursos, susceptibles de funcionar y de surtir efecto en su economía misma’’

(Foucault, 1976)