Sobre el posporno

Este caso es una tesina escrita por la española Sara Pedraz Poza y tutoreada por Loreto Ares titulada Sexo, poder y cine: representaciones sexuales en los nuevos relatos pornográficos. El trabajo se publicó en 2011 en la Revista Ícono de España y trata las relaciones de poder basadas en la supremacía de lo blanco, anglosajón, heterosexual y masculino que se manifiestan en la pornografía tradicional.

Estudia las nuevas formas de representación pornográfica que surgieron en el siglo XXI y el objetivo es el de reivindicar la pornografía como espacio de lucha por la resignificación del sentido sexual y pornográfico contrarios a los cánones heteronormativos. La autora analiza la pornografía sobre la base de su concepto de poder en relación con el cuerpo y sus políticas, y remarca como lo más importante la idea de que siempre donde hay poder, hay resistencia. Esa resistencia puede ser entendida en términos butlerianos como subversión.

El posporno nació en los años 1989 con Annie Sprinkle, quien empezó a hacer este tipo de performances en distintos teatros e instituciones. Bajo la premisa de que el porno tradicional estigmatiza a la mujer, el posporno surge como una práctica de denuncia que plantea una sexualidad nueva y libre de géneros encasilladores. Los roles estereotipados son puestos en duda y el fin también cambia: el posporno no tiene la intención de erotizar a quien observa la práctica, sino de mostrar cómo llevan distintas personas su sexualidad. El movimiento busca apropiarse de parte de la producción para favorecer la representación y los deseos del cuerpo. 

La productora y teórica feminista, María Llopis, define al posporno como

“la cristalización de luchas gays y lesbianas de las últimas décadas, del movimiento queer, de la reivindicación de la prostitución dentro del feminismo. Es la apropiación de un género, el de la representación explícita del sexo, que ha sido hasta ahora monopolizada por la industria’’

(Llopis, 2010, p. 38).

La autora propone que frente a lo estereotipado y heteronormativo de la industria pornográfica mainstream, el posporno se presenta como representante de los no representados. Este movimiento está encabezado por colectivos que luchan por la propiedad de su imagen y de su sexualidad (grupos LGTB, trabajadorxs sexuales, grupos queer y transgénero).

El fin es la reivindicación de las sexualidades ajenas a la industria pornográfica. Se busca a través del posporno reproducir sexualidades paralelas. La herramienta: cortometrajes y puestas en escena que no buscan la excitación del espectador, sino conceptualizar la propia sexualidad marginada y dar cuenta de sus interacciones. Las prácticas más comunes en el posporno son el sadomasoquismo, el transformismo, el sexo en grupos, entre otros, con dos características principales: la búsqueda del placer del que realiza el film como objetivo principal y la producción de juegos de roles, “de manera que la búsqueda de la experimentación es real y la llevan a cabo todas las partes’’.

Posporno_UNC

El posporno hace un uso político-sexual de los espacios públicos. Busca mostrar las diferentes prácticas sexuales posibles a través de la excitación personal de los productores y de la utilización del material como instrumento político de reconstrucción de sentido. Y lo consiguieron. El posporno implicó un cambio de paradigma, o por lo menos el principio de, que ubicó a la sexualidad en el centro de los temas a reflexionar. Puso en cuestionamiento la visión genitocéntrica y falocéntrica y reflejó una postura femenina opuesta a la de la sumisión y victimización de la pornografía clásica. Esta práctica no busca cambiar el punto de vista, sino mostrar lo diferente: transgredir las nociones de los cuerpos en las prácticas tradicionales del porno.